Un estudio internacional con participación de la FAUBA advierte que los paisajes agrícolas deberían conservar entre 16% y 37% de áreas naturales para sostener poblaciones de abejas, mariposas y abejorros. En Argentina, la proporción actual sería menor.
Los polinizadores atraviesan un proceso de declive a escala global desde hace décadas, y el fenómeno ya comienza a tener consecuencias directas sobre la producción de alimentos.
La reducción de los hábitats naturales, impulsada por la expansión agrícola, el uso intensivo de insumos y otros factores vinculados al cambio global, está afectando a insectos clave como abejas, mariposas y abejorros, esenciales para el funcionamiento de numerosos sistemas productivos.
En ese contexto, un estudio internacional en el que participó la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) aportó un dato contundente: para garantizar la supervivencia de estos insectos en paisajes agrícolas, se debería conservar entre un 16% y un 37% de áreas silvestres.
Pero en la Argentina, el área natural preservada dentro de los sistemas productivos sería mucho menor, lo que genera preocupación entre los investigadores.
EL CUIDADO DE LA BIODIVERSIDAD
“Desde los ‘60, los polinizadores vienen decreciendo al perder sus hábitats naturales. Los primeros registros llegaron con la ‘revolución verde’, que trajo el uso masivo de agroquímicos y otros insumos, además de la homogeneización del uso de la tierra”, explicó Mariano Devoto, docente de Botánica General en la FAUBA e investigador del CONICET.
Según el especialista, la tendencia continúa en la actualidad. “La agricultura, el cambio global y la urbanización avanzan sobre áreas silvestres en todo el mundo, reduciendo los espacios que los polinizadores necesitan para alimentarse, nidificar o refugiarse. Así, la caída en la polinización puede impactar directamente en la producción de alimentos”, advirtió.
La relevancia de los polinizadores es importante dentro de los sistemas productivos. Numerosos cultivos dependen de estos insectos para asegurar una adecuada fecundación de las flores y, en consecuencia, un óptimo rendimiento.
“La ciencia muestra que los rindes de algunos cultivos que dependen de abejas, abejorros y otros insectos pueden caer mucho si la polinización es insuficiente. Esto ocurre, por ejemplo, en frutales, hortalizas, girasol o café”, señaló Devoto.
Además, el investigador subrayó que la importancia de este servicio ecosistémico no deja de crecer. “El área que ocupa este tipo de cultivos crece más rápido que la del resto. Es decir, cada vez necesitamos más de la polinización”, remarcó.
Frente a esta situación, un equipo liderado por la Universidad de Wageningen, en Países Bajos, buscó determinar cuál es la superficie mínima de hábitat natural necesaria para sostener poblaciones de polinizadores en paisajes agrícolas.
El estudio analizó información proveniente de 1.250 paisajes productivos de todo el mundo, donde áreas naturales se transformaron para actividades agrícolas o ganaderas. En total, participaron 80 investigadores de 19 países.
“Desde la FAUBA aportamos datos de la tesis doctoral de Marcos Monasterolo, que estudió este tema en las zonas cercanas a la Estación Experimental San Claudio, en la provincia de Buenos Aires”, detalló Devoto.
CUÁNTO HÁBITAT NATURAL NECESITAN
Los resultados del trabajo, publicados en la revista científica Science y refrendados por el sitio institucional de la FAUBA, Sobre La Tierra, muestran diferencias significativas entre los distintos grupos de polinizadores.
“Las mariposas resultaron ser el grupo más sensible. Para estar efectivamente protegidas, necesitan cerca de un 37% de hábitat natural en el paisaje agrícola”, explicó Devoto.
En el caso de los abejorros, el umbral mínimo se ubica en torno al 18%, mientras que para las abejas el piso sería del 16%.
Para los investigadores, estos valores deben interpretarse como niveles mínimos de conservación. “Los porcentajes que encontramos representan ‘pisos’ por debajo de los cuales las especies polinizadoras comienzan a extinguirse localmente”, advirtió el especialista.
Incluso, esos niveles son superiores a los objetivos actuales de conservación fijados en otras regiones del mundo. “Son bastante más altos que el 10% que establece la Unión Europea como meta para 2030. Por eso la situación es preocupante”, agregó.
El estudio también destaca que no solo importa la cantidad de hábitat natural, sino también su calidad. En muchos paisajes agrícolas, las áreas remanentes se encuentran degradadas y ofrecen pocos recursos florales para los insectos.
“Una visión realista es primero aumentar la superficie de áreas naturales. Y una vez superado ese piso, asegurar su calidad, por ejemplo, sembrando mezclas florales adecuadas, manejando bordes de caminos y evitando el pisoteo del ganado, el paso de maquinaria o las aplicaciones de agroquímicos”, explicó Devoto.
¿QUÉ OCURRE EN LOS CAMPOS ARGENTINOS?
En la Argentina todavía existe poca información sistemática sobre la proporción de hábitats naturales dentro de los paisajes productivos. No obstante, los trabajos disponibles muestran cifras relativamente bajas.
“En la región pampeana se conservaría entre un 5% y un 8% de áreas naturales, mientras que en otras zonas del país podría llegar hasta un 15%”, indicó Devoto.Aunque esos valores no son despreciables, el investigador considera que podrían resultar insuficientes para sostener poblaciones de muchos polinizadores.
El dato más alto del estudio, el 37% necesario para las mariposas, puede parecer difícil de alcanzar en la práctica productiva. “Es cierto que ese número puede alarmar a los productores. Nadie conservaría semejante proporción de campo”, reconoció.
Sin embargo, aclaró que se trata del umbral más exigente y que otros grupos presentan requerimientos menores. Además, destacó que cada vez más productores reconocen el valor de conservar biodiversidad dentro de sus sistemas productivos.
Algunos lo hacen por convicción ambiental, mientras que otros observan beneficios agronómicos concretos. Una mayor diversidad biológica favorece, por ejemplo, la presencia de insectos que controlan plagas o contribuye a mantener suelos más saludables.
También existen incentivos económicos. “Si el rendimiento de un cultivo cae por falta de polinizadores, digamos un 10% o un 20%, el productor puede verse obligado a alquilar colmenas. Ese costo se puede evitar manteniendo refugios silvestres, que prácticamente no requieren manejo y brindan polinizadores gratuitos”, explicó.EL DESAFÍO DE LLEVAR LA CIENCIA AL LOTE
Para Devoto, el estudio ofrece un marco de referencia valioso, aunque su aplicación concreta requiere profundizar el conocimiento a escala local.
“Como se trata de un trabajo global, para aplicarlo en la Argentina necesitamos generar información específica. Eso es clave tanto para los productores que quieren implementar soluciones en sus campos como para quienes toman decisiones a nivel municipal, provincial o nacional”, sostuvo.
En ese sentido, el investigador remarcó que uno de los grandes desafíos de la agricultura moderna será reconocer a la biodiversidad como un insumo productivo más.
“Es un recurso que hay que cuidar. Tal vez implique complicarse un poco más en el manejo cotidiano, ya sea como productor, contratista o decisor, pero es parte de la agricultura que viene”, afirmó.
El docente de la casa de altos estudios fue más allá para concluir sobre el tema: “La tendencia es clara: los aspectos vinculados a la conservación de la diversidad biológica están ganando cada vez más importancia a medida que se genera nueva información. No es una moda, es algo que se instaló para permanecer”.





